sábado, abril 11, 2009


El error de Darwin y las crisis ecológicas y económicas.

El siguiente texto corresponde a una columna de opinión que escribí y que fue publicada en el mes de Marzo pasado en el diario regional El Observador.
En honor y en justicia a la figura de Charles Darwin, quisiera compartir el comentario que me hiciera mi amigo el Dr. Humberto Díaz Oviedo, en cuanto resulta cuestionable el juicio que hace Bateson de los planteamientos darwinianos, pues la mirada ecológica-sistémica-cibernética que subyace a su crítica y que lo lleva a plantear la noción del "error de Darwin", difícilmente podría haberla tenido el naturalista inglés a mediados del siglo XIX. Así, si bien Darwin consideró la interacción organismo-ambiente, su foco de atención estuvo en la evolución de las especies, siendo éste el ámbito en el que debiera ser evaluado.


En épocas de crisis, son muchos los que intentan hacerse famosos realizando predicciones de corto o mediano plazo. Sin embargo, me parece que son éstos los momentos en los que debieran recordarse y legitimarse las visiones de largo plazo que tuvieron quienes vislumbraron el escenario que hoy vivimos.

Hace cuarenta años, el antropólogo cibernético Gregory Bateson advertía las serias consecuencias que podría conllevar el no asumir lo que llamó el error de Darwin, que consiste básicamente en considerar que la unidad mínima de supervivencia es el organismo o la especie a la cual éste pertenece. En la actualidad, la ciencia ha confluido con el sentido común y la sabiduría de los pueblos originarios para reconocer que la unidad de supervivencia no es el organismo aislado, sino el organismo más su ambiente o entorno. Para la ciencia, hoy resulta casi obvia la visión del piel roja y del aymará, en cuanto a que si un organismo destruye su ambiente también se destruye a sí mismo.

Este año que se conmemoran los 200 años del natalicio de Charles Darwin y que vivimos una de las más grandes crisis ecológicas y económicas, cabe reflexionar en esta falaz idea de Darwin, abrir los ojos y entender que no es posible alcanzar mayores niveles de desarrollo económico a costa del bienestar de otras personas y de otras especies que conforman nuestro ambiente. Pretender el bienestar personal o de “los míos” sin considerar el costo que ello tiene para los demás, no sólo fue el origen de las actuales crisis, sino que ahora debiera ser signo tanto de ceguera como de estupidez. Si hay algo que debiéramos aprender es que cuando la marea sube, suben todos los barcos. Esto es la base de la responsabilidad social y de la conciencia sistémica.

sábado, enero 31, 2009


La psicología narrativa de cada día.


Foto de Jerome Bruner.


Los relatos e historias se constituyen en medios con los que cuentan las culturas para reinterpretar y reencausar aquellas conductas de sus miembros que son inusuales y que están fuera de los esquemas o normas que la propia comunidad ha establecido como apropiadas. Las narraciones, se convierten, de este modo, en vínculos entre lo excepcional y lo corriente, transformando los fenómenos extraños o raros, que pueden aparecer como conflictos sociales, en fenómenos comprensibles y viables.

Lo significativo de este recurso narrativo, de esta explicación que hace a la conducta comprensible, es que sólo surge cuando no se cumplen las conductas socialmente esperadas. Esta búsqueda de significado sólo emerge en lo excepcional, en lo extraordinario, pues las conductas normales o canónicas se explican a sí mismas. Así, la forma habitual de proceder, nuestro conocimiento procedural, no necesita de explicaciones y se convierte en la forma adecuada o correcta de comportarse, fundamentándose implícitamente en el contexto en el que tiene lugar la conducta. Por otra parte, las conductas inusuales, poco canónicas, requieren siempre de una explicación que les dé sentido, la cual consiste en una historia o relato que intenta dotar de significado a dicha forma de actuar, hacerla una conducta razonable.

“La función de la historia es encontrar un estado intencional que mitigue o al menos haga comprensible la desviación respecto al patrón cultural canónico. Este objetivo es el que presta verosimilitud a una historia. También puede otorgarle una función pacificadora.”[1]

Las narraciones, así entendidas, tienen necesariamente que relacionarse con las costumbres de un pueblo, suponiendo siempre la adopción de una postura moral. Contar una historia, elaborar un relato, darle sentido a una experiencia, revela siempre las estructuras particulares de los sujetos que la construyen, así como también de la cultura de la cual éstos forman parte. Es en la conformación de los esquemas asimiladores de la experiencia, así como también en los procesos de acomodación que hacemos de ésta, donde el rol del discurso narrativo se vuelve fundamental y donde, a su vez, destaca el carácter distribuido de esta forma de operar de la cognición. Como señalara Bartlett, los esquemas cognitivos o marcos, como también se les ha llamado, se construyen como resultado de la interacción social y están a la base del modo particular en que funciona la memoria de un grupo humano determinado. Las personas creamos comunidades, instituciones, ritos y diversos símbolos, con el propósito de preservar ciertas formas de vivir, ciertas experiencias o situaciones que nos resultan particularmente significativas, todo lo cual se haya razonablemente fundamentado a través de la construcción de diversos relatos o narraciones, que permiten reconstruir sistemáticamente la memoria de dicha comunidad. Así, los miembros de un grupo humano particular, no sólo comparten recuerdos, en la forma de narraciones, sino que también llegan a percibir, pensar y actuar de un modo característico, que revela los esquemas cognitivos bajo los cuales operan. En este sentido, Bruner plantea que “la experiencia y la memoria del mundo social están fuertemente estructuradas no sólo por concepciones profundamente internalizadas y narrativizadas de la psicología popular sino también por las instituciones históricamente enraizadas que una cultura elabora para apoyarlas e inculcarlas.”[2]

El discurso narrativo, se constituye, de esta manera, en un andamio fundamental para el desarrollo de la vida humana, permitiendo superar muchas de las limitaciones que nos impone nuestra estructura biológica. El lenguaje, en tanto instrumento simbólico, como sostenía Vygotsky, es una herramienta que cambia fundamentalmente al sujeto que la utiliza, transformando el operar cognitivo de éste y la relación que establece con su entorno, lo que da lugar a un proceso de cambio recursivo. De este mismo modo, la narración como instrumento cognitivo, le confiere a los seres humanos algunas capacidades que trascienden su dinámica estrictamente corporal, haciendo posible la emergencia de complejos fenómenos sociales. Así, una función fundamental del lenguaje, y particularmente de la narración, corresponde a lo que Andy Clark denomina cambio de espacios, donde “el agente que explota estructuras externas de símbolos cambia lo que sería (en el mejor de los casos) un cómputo interno que exigiría mucho tiempo y esfuerzo por una representación adquirida culturalmente.”[3] La utilización de diagramas, textos y gráficos, son ejemplos cotidianos de la explotación que los seres humanos hacemos de algunos recursos externos para facilitar el desarrollo de nuestros procesos cognitivos. Un uso más sofisticado de este tipo de andamiaje, es el uso de conceptos, en especial, los conceptos técnicos o especializados, que permiten subsumir una gran cantidad de información mediante una etiqueta lingüística facilitando así el aprendizaje. Para Clifford Geertz, este cambio de espacios ha llegado a constituirse en una necesidad para el desarrollo de la vida humana, dado el grado de complejidad que ésta ha alcanzado.

“En suma, la intelección humana en el sentido específico de razonamiento en una dirección depende de la manipulación de ciertas clases de recursos culturales de manera tal que produzcan (descubran, seleccionen) los estímulos ambientales que el organismo necesita para cualquier fin; es una búsqueda de información. Y esa búsqueda es tanto más urgente porque es muy general la información intrínsecamente disponible que el organismo tiene de fuentes genéticas.”[4]

La cultura, se constituye, a través del lenguaje, y especialmente del discurso narrativo, en un medio que permite la creación y el desarrollo colectivo de múltiples representaciones del mundo que potencian nuestra capacidad de aprendizaje, no sólo en forma individual, sino que fundamentalmente de un modo colectivo y altamente distribuido, que hace posible la emergencia de los diversos fenómenos sociales.[5] Andy Clark, haciendo referencia a la obra de Hutchins[6], plantea que “nuestros cerebros son las piezas de unos engranajes sociales y culturales más grandes que muestran la huella de los ingentes esfuerzos realizados anteriormente por individuos y colectividades.”[7]

El aprendizaje social, es decir, los cambios estructurales que se producen en una comunidad como resultado de la integración de las experiencias de los individuos que la componen, sólo es posible en la medida que el lenguaje permite coordinar las acciones que éstos desarrollan. Al mismo tiempo, este aprendizaje social, que puede constituirse en un cambio cultural, facilita y moldea la vida de los individuos, reduciendo significativamente el procesamiento de información que éstos deben realizar para lograr adaptarse a su entorno. Cabe señalar, que este tipo de aprendizaje opera no sólo a un nivel macro, como una gran comunidad social, sino que también, y fundamentalmente, a un nivel más micro, como lo es una familia nuclear. En ambos niveles, la narración es, quizás, el medio que por excelencia sirve para promover dicho aprendizaje, lo que se puede advertir en los cuentos infantiles, en los consejos y sugerencias de los padres, en las conversaciones familiares, en las fábulas, en las novelas y en las películas, entre otros.



[1] Bruner, Jerome. Acts of Meaning. Cambridge: Harvard University Press. 1990. Edición en español: Actos de Significado: Más allá de la Revolución Cognitiva. Editorial Alianza, Madrid. 1991. p. 61.

[2] Ibíd.. p. 68.

[3] Clark, Andy. Being there: Putting Brain, Body and World together again. MIT Press, Cambridge, MA. 1997. Edición en español, Estar ahí: cerebro, cuerpo y mundo en la nueva ciencia cognitiva. Ed. Paidós. Barcelona. 1999. p. 255.

[4] Geertz, Clifford. The Interpretation of Cultures, Basic Books, NY. 1973. p. 79.

[5] Hutchins, Edward y Hazlehurst, Brian. Learning in the cultural process. En Artificial Life II. D. Farmer, C. Langton, S. Rasmussen, & C.Taylor Ed. Addison-Wesley. 1991. En http://www3.isrl.uiuc.edu/~junwang4/langev/localcopy/pdf/hutchins92alife.pdf (02/01/08).

[6] Hutchins, Edward. Cognition in the Wild. MIT Press. Cambridge. 1995.

[7] Clark, Andy. 1997. op. cit. p. 246.

domingo, agosto 24, 2008

Cognición y Discurso Narrativo (II Parte).


Prof. William Labov (1927- ).


Si bien las formas de narración oral y escrita son las más conocidas y tradicionales, también se puede entender la expresión corporal y gestual como un medio narrativo. De hecho, el caminar, el vestir y la mirada de una persona, nos pueden “contar algo” acerca de ella. Ochs, plantea que las representaciones pictóricas también se podrían considerar como “narraciones comprimidas”, interpretación que, análogamente, se puede extender a las obras musicales. En todos estos casos, la narración no surge de la acción misma ni de la obra, sino que emerge de la interacción del autor del relato, cuadro o sinfonía, con el público que lo atiende, configurándose una suerte de coautoría, la que resulta muy evidente en las narraciones conversacionales. En este mismo sentido, Ricoeur señala que “el texto se hace obra en la interacción de texto y receptor.”[1]

Desde un enfoque cognitivo distribuido, es en este carácter interaccional donde debe situarse la discusión acerca del significado o de la semántica del discurso, dado que éste no es un texto huérfano escrito en la pizarra del lógico, como señala Bruner, sino el resultado de una interacción social. De esta manera, para intentar dar cuenta del discurso, resulta útil adoptar la denominada “metáfora del diseño”[2], según la cual, el hablante o autor se convierte en una suerte de arquitecto o diseñador, cuya obra, el texto, se debe considerar como un diseño que orienta la construcción que realiza el oyente o lector, a partir de sus propio esquemas cognitivos, y no una construcción totalmente terminada. El significado, así entendido, no está en la obra ni en el texto mismo, sino en las convenciones, socialmente construidas, esquemas cognitivos, que comparten el autor y su público. Es éste el sentido de significado que Bruner propone rescatar para la psicología y para la renovación de la Revolución Cognitiva y que, al mismo tiempo, le da a la narración, la relevancia que ésta tiene al momento de intentar dar cuenta de la experiencia humana.

En un clásico artículo de 1967, William Labov y Joshua Waletzky, plantean que narraciones como los mitos, cuentos, leyendas e historias, parecen ser el resultado de la combinación y desarrollo recursivo de estructuras narrativas más simples o básicas, que nos remiten finalmente a las versiones orales de las experiencias personales. Para estos autores, considerar el sentido original de estos actos lingüísticos cotidianos, es fundamental para comprender las propiedades formales del discurso narrativo y las funciones que éste desempeña.

Entendiendo la narrativa como cualquier secuencia de cláusulas que contienen al menos una conexión temporal, Labov y Waletzky, señalan que ésta desempeña dos funciones fundamentales: la referencial, que permite dar cuenta de la secuencia temporal de la experiencia; y la evaluativa, que revela el interés personal de un determinado estímulo en el contexto social en el que la narrativa ocurre. Esta segunda función adquiere gran relevancia, pues sin la evaluación la narración no estaría completa, “puede ser considerada vacía”[3]. Aunque desempeñe bien la función referencial, sin la evaluación, la comprensión del discurso se hace difícil, pues carece de significado, no tiene un propósito claro. Es precisamente en torno a la evaluación que se estructura el relato, pues ésta revela la actitud del narrador hacia el discurso, mediante el énfasis que éste pone en algunos aspectos del mismo.

Labov, al cumplirse treinta años de la publicación de Narrative Analysis, señala que uno de los principales méritos de dicho artículo, fue contribuir a vincular la estructura narrativa como una totalidad con el concepto socioemocional de evaluación, el cual revela las consecuencias que el evento narrado tiene para las necesidades y deseos humanos.[4] En este artículo de 1997, plantea que el narrador evalúa los eventos comparándolos con eventos de una realidad alternativa que nunca se llevaron a cabo.

Al realzar el aspecto evaluativo de las narraciones, Labov, les da a éstas un profundo carácter cognitivo, al mismo tiempo que insinúa la dimensión ética que subyace a toda narrativa, dadas las consecuencias que ésta tiene en la estructura del vivir cotidiano. La evaluación, sólo es posible en el ámbito de la cognición, pues implica, siguiendo la propuesta de este autor, el uso de la percepción, de la memoria y el pensamiento para crear mundos posibles, alternativos, de naturaleza mental, que revelan los deseos y emociones de quienes los construyen.

Desde esta perspectiva, las narraciones, en tanto construcciones lingüísticas, no sólo refieren al mundo, no sólo lo describen, como en algún momento se sostuvo, sino que fundamentalmente “lo evalúan”, siendo ésta la función principal que las narraciones tienen. El narrador que, ingenuamente, sólo pretende dar cuenta de un evento o experiencia, no puede evitar, en la medida que va elaborando el relato, que le va dando cierta forma, que lo va estructurando, comenzar a construir un mundo particular donde dicho evento tuvo lugar. Las ideas que el narrador tiene, sus conocimientos, sus intereses, sus preferencias, sus prejuicios, sus gustos, se van plasmando en el lenguaje, no sólo no verbal, sino que también en el léxico y en las estructuras gramaticales y sintácticas que va utilizando. El verbo que selecciona, de forma más o menos consciente, para dar cuenta de la acción principal, la repetición de ciertas ideas y el orden que adoptan los eventos de la historia, dan lugar al devenir de un mundo singular, el mundo que constante y recursivamente construye todo narrador en su vivir cotidiano. Como señalara Émile Benveniste, es imposible borrar las huellas o marcas que el sujeto hablante deja en el producto de su habla, el enunciado o emisión.[5]


[1] Ricoeur, Paul. 1985. op. cit. p. 148.

[2] Tomlin, Rusell; Forrest, Linda; Ming Pu, Ming; Hee Kim, Myung. Discourse Semantics. En Van Dijk, Teun A. (ed.). 1997. op. cit.

[3] Labov, William y Waletzky, Joshua. Narrative Analysis: Oral versions of personal experience. En J. Helm (ed.). Essays on the Verbal and Visual Arts. Seattle: U. of Washington Press. 1967. p. 12-44. http://www.clarku.edu/~mbamberg/LabovWaletzky.htm (20/08/07).

[4] Labov, William. Some Further Steps in Narrative Analysis. The Journal of Narrative and Life History. 7. 1997. pp. 395-415. http://www.ling.upenn.edu/~wlabov/sfs.html (20/08/07).

[5] Raiter, Alejandro. Lenguaje y Sentido Común. Ed. Biblos. Buenos Aires. 2003.

miércoles, agosto 06, 2008

Cognición y Discurso Narrativo (I Parte).




William James (1842-1910).


La llamada Segunda Revolución Cognitiva o Revolución del Significado, se propuso rescatar la dimensión social, el espacio relacional, como preocupación central de la psicología y de la ciencia cognitiva, asumiendo que es este mundo interaccional el que lleva a establecer costumbres, tradiciones e instituciones y del que depende, finalmente, la forma característica que tenemos de vivir. Para Jerome Bruner, también un actor importante en este intento de reanimar la revolución original, esta segunda revolución está “inspirada por la convicción de que el concepto fundamental de la psicología humana es el de significado y los procesos y transacciones que se dan en la construcción de los significados.”[1] Desde esta perspectiva, la forma particular que adopta nuestro vivir humano, depende de los patrones de acción que se legitiman y perpetúan en los espacios de interacción social. Es esta manera organizada de vivir, de relacionarnos unos con otros, que denominamos cultura, la que “moldea la vida y la mente humanas, la que confiere significado a la acción situando sus estados intencionales subyacentes en un sistema interpretativo.”[2] Cualquier significado que un observador pretenda darle a la conducta humana, al decir y al hacer de un ser humano particular, está siempre enmarcado por la cultura de la cual dicho observador forma parte, cultura que lo ha transformado y que le ha permitido interpretar su entorno del modo particular en que lo hace. En este sentido, Rom Harré y Grant Gillet, señalan que si deseamos entender lo que una persona está haciendo, necesitamos saber lo que una situación significa para esa persona, no bastando con la mera descripción de la situación en sí. Por ello, plantean estos autores, en cualquier proyecto de investigación psicológica resultan muy importantes los relatos que las personas hacen de sus propias experiencias, los cuales deben ser considerados como la expresión de cómo las cosas son para ese sujeto en particular.[3]

Esta distinción entre descripción y experiencia, fue abordada en el ámbito de la filosofía de la ciencia por el filósofo y físico teórico Norwood Hanson, reconocido por sus trabajos en el ámbito de la lógica del descubrimiento e inspirador de algunas de las ideas desarrolladas por Thomas Kuhn. En un claro cuestionamiento a los planteamientos positivistas de la ciencia tradicional, Hanson destaca el rol del sujeto como agente cognitivo.

“La visión es una experiencia. Una reacción de la retina es solamente un estado físico, una excitación fotoquímica. Los fisiólogos no siempre han apreciado las diferencias existentes entre las experiencias y los estados físicos. Son las personas las que ven, no sus ojos. Las cámaras fotográficas y los globos del ojo son ciegos.”[4]

En consonancia con los planteamientos de la psicología cognitiva europea de entreguerra, así como también del principio de incertidumbre de Heisenberg y de la distinción de niveles lógicos que hace Bateson entre la forma y la pauta, Hanson reafirma la idea de que no hay observaciones ingenuas, pues toda visión está cargada de teoría al estar moldeada por el conocimiento previo que tiene el observador.

“La organización en sí misma no se ve de la misma manera en que se ven las líneas y los colores de un dibujo. En sí misma no es una línea, una forma ni un color. No es un elemento que exista en el campo visual, sino más bien la manera en que se comprenden los elementos. El argumento no es un detalle más en un relato, ni la melodía es una nota más. Y sin la existencia del argumento y la melodía no quedarían unidos los detalles y las notas. (. . .) [la organización] proporciona una estructura para las líneas y las formas. Si la organización faltara, nos quedaríamos nada más que con una configuración ininteligible de líneas.”[5]

Dado que toda experiencia humana subsume la historia de interacciones de dicho organismo, lo que Dewey distinguió como el principio de continuidad de la experiencia, cualquier disciplina científica que intente dar cuenta de ella, tendrá que considerar el carácter histórico que ésta presenta, de manera tal de dotar de validez al quehacer de la disciplina. Lo que en principio toda actividad científica pretende, es una explicación de las observaciones realizadas, su propósito es construir un esquema conceptual en el cual dichas observaciones o distinciones puedan insertarse inteligiblemente en el corpus que fundamenta su práctica. La ciencia cognitiva y la psicología como disciplina científica en particular, ciertamente no son ajenas a esta pretensión, lo que ha llevado a algunos psicólogos a proponer un nuevo enfoque, que constituiría genuinamente, según Harré, una nueva psicología. Esta nueva mirada, que ha recibido distintas denominaciones, psicología cultural, psicología narrativa y psicología discursiva, tiene como elemento central de su planteamiento la noción de que la experiencia humana se estructura de un modo narrativo[6], dado que la narración permite integrar en una unidad significativa, inteligible, los diversos procesos y subprocesos que conforman la historia de interacciones de un organismo.

Si bien la psicología no es la única disciplina que en los últimos años ha adoptado este enfoque narrativo, en ella, bien puede atribuirse este giro, a la reconsideración de una antigua idea planteada por uno de sus principales fundadores, como lo fue William James, quien distinguió dos tipos de pensamiento humano: el razonamiento y el pensamiento narrativo. Esta idea es retomada por Jerome Bruner al plantear la existencia de dos modalidades de funcionamiento cognitivo que brindan modos característicos de ordenar la experiencia y de construir la realidad. Estas diversas maneras de operar cognitivamente, que darían lugar al argumento y al relato, serían complementarias e irreductibles entre sí. El argumento, propio del mundo de la ciencia, es resultado de un tipo de pensamiento que Bruner denomina paradigmático o lógico-científico, que se ocupa de causas generales e intenta dar cuenta de verdades empíricas. A diferencia de éste, el relato es producido por una modalidad de pensamiento narrativo, el cual “se ocupa de las intenciones y acciones humanas y de las vicisitudes y consecuencias que marcan su transcurso”[7]. La narración, trata de situar la experiencia en el tiempo y en el espacio, lo cual también la diferencia de la modalidad de pensamiento paradigmática, que intenta “trascender lo particular buscando niveles de abstracción cada vez más altos”.[8] El modo de pensar paradigmático, si bien puede resultar muy útil en ciertos dominios o ámbitos donde se puede reducir la experiencia a un limitado número de variables, claramente no resulta del todo adecuada para dar cuenta de fenómenos que requieren una mirada más amplia, una consideración del dinamismo y complejidad de la situación, como es el caso del vivir humano.

La narración, en tanto acto de contar o referir lo sucedido, es el resultado de una actividad colectiva, donde confluyen una serie de procesos dinámicos que se encuentran en interacciones recursivas unos con otros. De esta manera, el discurso narrativo se constituye en un fenómeno emergente, en tanto resulta de las interacciones de múltiples componentes simples dentro de un sistema. Esta concepción emergentista, es explicitada por Ricoeur, al plantear que es necesario que las historias narradas emerjan de la imbricación viva de todas las historias vividas. Para Ricoeur, con la emergencia de la narración, el sujeto implicado también emerge. “Narrar, seguir, comprender historias no es más que la ‘continuación’ de estas historias no dichas.”[9]

Desde esta perspectiva, la narración no es sólo un medio auxiliar de la experiencia humana, sino que forma parte de la experiencia misma, estableciéndose entre ellas una relación de co-dependencia. Para Elinor Ochs[10], un mundo sin narraciones es inimaginable, dado que supone un vivir humano sin historias, sin dramas, sin recuerdos y sin revisiones interpretativas. Al destacar la conversación, común y corriente, como la forma más importante y universal de la narrativa, un mundo sin narrativa sería un mundo sin diálogos, sin la posibilidad de interactuar coordinadamente con otros seres humanos. Un mundo así, resulta no sólo inimaginable, sino que también absurdo, pues supone una existencia humana sin cultura, sin convivencia social, sin lenguaje, es decir, sin los instrumentos o andamios, en el sentido vygotskiano, que nos permiten llegar a ser los seres humanos que somos.


[1] Bruner, Jerome. 1990. op. cit. p. 47.

[2] Ibíd. p. 48.

[3] Harré, Rom. Gillett, Grant. The Discursive Mind. Ed. Sage. California. 1994.

[4] Hanson, Norwood.R. Patterns of discovery: an inquiry into the conceptual foundations of science. Cambridge University Press. 1958. Edición en español: Patrones de descubrimiento: Observación y explicación. Alianza Editorial. Madrid. 1977. p. 81.

[5] Ibíd. p. 91-92.

[6] Bruner, Jerome. 1990. op. cit. Harré, Rom y Gillet, Grant. 1994. op. cit. Varela, Francisco. 1992. op. cit. White, Michael. Epston, David. Narrative means to therapeutic ends. W. W. Norton and Co., New York. 1990. Edición en español, Medios Narrativos para fines terapéuticos. Ed. Paidós. Barcelona. 1993.

[7] Bruner, Jerome. Actual Minds, Possible Worlds, Cambridge: Harvard University Press. 1986. Edición en español, Realidad Mental y Mundos Posibles. Ed. Gedisa, Barcelona. 1988. p. 25.

[8] Ibíd.

[9] Ricoeur, Paul. Temps et Récit. Seuil. Paris. 1985. Edición en español, Tiempo y Narración (Vol. 1). Ed. Siglo XXI. México. 1995. p. 145.

[10] Ochs, Elinor. Narrative. En Van Dijk, Teun A. (ed.) Discourse As Structure and Process. London: Sage Ltd. 1997. Edición en español, El Discurso como Estructura y Proceso. Ed. Gedisa. Barcelona. 2000.



domingo, mayo 11, 2008


La Cognición Distribuida (II Parte).



Prof. Humberto Maturana Romesín.


Desde esta perspectiva teórica, la cognición se considera como un fenómeno corporizado, es decir, el cuerpo y el mundo con el cual éste se acopla desempeñan un rol fundamental en la explicación de los procesos cognitivos.[1] Donald Norman, quien ha desarrollado el enfoque de la cognición distribuida desde el ámbito de la psicología, señala que tradicionalmente la ciencia cognitiva ha tendido a considerar la inteligencia como descorporizada, una inteligencia abstracta, sin cuerpo y separada del mundo. Esto, a pesar de que los seres humanos operamos dentro de un mundo físico, el cual utilizamos no sólo como fuente de información, sino también como una extensión de nuestro propio conocimiento y de nuestros sistemas de razonamiento. Para Norman[2], el hecho de que nuestra conducta inteligente resulte de la interacción que establecemos con el mundo, así como también de que muchas de nuestras acciones estén mediatizadas por procesos cooperativos que establecemos con otras personas, permite señalar que nuestra inteligencia opera de manera distribuida. Así, en la medida en que nos apoyamos en nuestro entorno para pensar y resolver problemas, el mundo puede ser considerado como una clase de almacén de datos e información, que recuerda cosas por nosotros y guía nuestras conductas. Como señalan Kirsh y Maglio, nuestras acciones en el mundo no sólo tienen como propósito la implementación de un plan o la reacción ante un estímulo, sino que también simplificar la tarea o el problema para optimizar nuestros recursos cognitivos, acciones que denominan epistémicas y entre las cuales se encuentran, por ejemplo, modificar la ubicación de un objeto para recordar algo o hacer un esquema sobre un papel.[3]

Esta reconsideración de la cognición como un proceso distribuido y corporizado, vuelve a validar las premisas en que se basó el trabajo de Jean Piaget, en lo que él denominó epistemología genética, en cuanto a señalar que la cognición se basa en las actividades concretas que realiza un organismo, es decir, es resultado del acoplamiento sensorio-motor. Esta conceptualización, característica del enfoque enactivo desarrollado por Francisco Varela[4], permite comprender cómo la percepción y la acción están estrechamente vinculadas de un modo recursivo, de manera tal que la percepción se puede entender como una acción, que supone coordinaciones sensorio-motoras, orientada por percepciones previas, que en un principio corresponderán a coordinaciones sensorio-motoras de tipo reflejas. Al mismo tiempo, y siguiendo con los aportes de Piaget, estas coordinaciones sensorio-motoras recurrentes dan lugar a la conformación de esquemas sensorio-motores y al desarrollo de nuevas estructuras corporales, que tienen un fundamento neurofisiológico, que harán posible el desarrollo cognitivo del sujeto. Desde esta perspectiva, la percepción y los procesos cognitivos en general, no son fenómenos abstractos, sino por el contrario, son muy prácticos y concretos, pues permiten que un organismo pueda desenvolverse en un determinado ambiente, manteniendo las condiciones que le son necesarias para sobrevivir. Así, conceptualizar la cognición como un fenómeno distribuido no sólo supone dar cuenta del carácter corporizado o encarnado de la cognición, sino que también del alto nivel de dinamismo que ésta debe desarrollar, para permitir la adaptación de un organismo cuya estructura cambia constantemente como resultado de la interacción con un entorno que también está constantemente cambiando. Es este dinamismo, característico de la cognición cotidiana que tiene lugar en la vida de los seres humanos, uno de los aspectos que quiso destacar Edwin Hutchins con la expresión “cognition in the wild”, con la que titula su clásico libro sobre cognición distribuida. En referencia a esta frase, en la introducción del libro, el autor señala: “Tengo en mente la distinción entre el laboratorio, donde la cognición es estudiada en cautiverio, y el mundo cotidiano, donde la cognición humana se adapta a su ambiente natural. Yo espero evocar con esta metáfora el sentido de una ecología del pensamiento.”[5]

No es casual que la intención de Hutchins, con la expresión “cognition in the wild”, recuerde el título que le da Bateson a la compilación de sus trabajos, “Steps to an ecology of mind”, pues la relevancia que para el enfoque de la cognición distribuida tiene el carácter corporizado y dinámico de los procesos mentales hace posible establecer una relación significativa entre sus planteamientos y los de otros enfoques o perspectivas, como la teoría biológica del conocimiento desarrollada por Maturana, el enfoque enactivo de Varela, los planteamientos de Lakoff y Johnson acerca de la corporización de la mente, y en general, con las diversas teorías constructivistas que se desarrollaron en el siglo XX y que, como se ha planteado anteriormente, constituyen los fundamentos del enfoque de la cognición distribuida. Esta cercanía en los supuestos teóricos que están a la base de estos entendimientos, también la advierte Salomon, al explicitar el parecido conceptual entre la filosofía fenomenológica, las ideas de Humberto Maturana y la perspectiva de la cognición distribuida.[6] En la misma línea integrativa se hallan los planteamientos de Andy Clark, para quien el proyecto de Varela, Thompson y Rosch acerca de la corporización de la mente, influenciado por las ideas de Merleau-Ponty, está a la base de la concepción que él mismo ha desarrollado acerca de la ciencia cognitiva.[7]

Los planteamientos de Maturana acerca de la cognición, siguen, de cierta manera, el enfoque ecológico-sistémico desarrollado por Bateson acerca de la mente y las ideas del matemático y cibernético Heinz von Foerster, con quien trabajó en el Biological Computer Laboratorium de la Universidad de Illinois a fines de los años sesenta. Para Maturana, la cognición es un fenómeno biológico, pues su comprensión supone asumir que todos los sistemas vivos son sistemas determinados por la particular estructura biológica que presentan en un momento dado, estructura que cambia constantemente como resultado del conjunto de interacciones en que participan dichos organismos. Es decir, las características que presente un organismo no están determinadas por su genotipo, sino que son el resultado de su ontogenia, que supone una historia recursiva de generar cambios estructurales en otros organismos con quienes convive, de modo tal que la conducta que presente en una situación particular es resultado de la historia de acoplamiento estructural entre el organismo y su entorno.

“Lo humano no es un fenómeno físico, es un fenómeno relacional. Es decir, históricamente lo humano se da y surge en la dinámica de relación de los seres vivos como sistemas autopoiéticos determinados estructuralmente con el origen del lenguaje. Sin embargo, aunque la existencia humana surge en una dinámica determinista, su ocurrir es un fenómeno histórico, y por lo tanto no está predeterminado. (. . .)

Los seres humanos nos configuramos en el vivir en el ámbito acotado por nuestra biología y nos hacemos incluso en nuestra biología según el espacio relacional que vivamos. (. . .) El espacio psíquico humano es el espacio relacional en que nos realizamos los humanos como la clase de seres vivos que somos, de modo que nuestra biología cambia a lo largo de nuestro vivir según el espacio psíquico que vivamos. Hay mucho más que mirar para comprender todos los aspectos de este ocurrir, pero por ahora podemos darnos cuenta de que no podemos desconocer la biología si queremos comprender la vida psíquica humana, y no podemos desdeñar la vida psíquica si queremos comprender todas las dimensiones de nuestra dinámica biológica”[8]

Para Maturana, lo humano emerge como resultado de la interacción social, en este sentido, lo humano surge como un fenómeno distribuido, pues es en la relación con otros miembros de su especie que el homo sapiens adopta el modo de vivir que caracterizamos como humano. Así, las limitaciones biológicas propias de la especie, que acotan el ámbito de las conductas posibles, no definen por sí mismas la forma de vivir de un ser humano, pues dichas limitaciones cambian a lo largo de la historia de interacciones del sujeto, cambios que obedecen tanto a las modificaciones estructurales del propio organismo, dada la plasticidad del sistema nervioso, como a las modificaciones estructurales que se producen en el entorno o nicho donde éste opera. De este modo, las propiedades cognitivas de un ser humano, que se basan en el operar de su sistema nervioso, cambian constantemente como resultado del operar distribuido que éste presenta, distribución que un observador puede distinguir como interna o externa al organismo.

Cabe destacar, al citar los trabajos de Maturana y Varela, quienes fundamentalmente desde la neurobiología hacen sus aportes a la ciencia cognitiva, el carácter eminentemente recursivo que adoptan sus planteamientos sobre la cognición, concibiendo ambos como una totalidad sistémica la relación del sujeto con su medio. Distinguir la cognición como un fenómeno biológico no implica, desde la perspectiva de estos autores, proponer que la cognición se pueda reducir exclusivamente al operar del sistema nervioso, así como tampoco se puede comprender sin considerar las características particulares del operar de éste, alternativa que reduciría la explicación sobre la cognición a factores ambientales, a los procesos de interacción e influencia social, desacreditando al individuo como sujeto o agente cognitivo. Más aún, el intentar dar cuenta de la conducta humana y de los procesos cognitivos descomponiendo esta unidad sistémica sujeto-entorno, sólo generaría una confusión de dominios explicativos, distorsionando el fenómeno que se pretende comprender, pues lo social emerge del actuar coordinado de un conjunto de individuos, quienes a su vez se ven afectados por la dinámica social que co-construyen.

“El cambio social es un cambio en la configuración de acciones coordinadas que define la identidad particular de un sistema social particular. Es por ello por lo que el cambio social no tiene lugar sino cuando el comportamiento de los sistemas vivos individuales que componen el sistema social se transforma, dando nacimiento a una nueva configuración de acciones coordinadas definidora de una nueva identidad para el sistema social. Por supuesto, un sistema en tanto unidad compuesta (y un sistema social es una unidad compuesta) no existe sino por las interacciones de sus componentes, y éstos interactúan por la operación de sus propiedades (…), y de las relaciones de composición en las que dichos componentes participan. De esto resulta que un sistema no cambia si no cambian igualmente las propiedades de sus componentes.”[9]

El enfoque de la cognición distribuida, al enfatizar el carácter socialmente distribuido de los procesos cognitivos, puede hacer pensar en que es posible obviar al individuo en la explicación de la conducta inteligente, constituyéndose así en un enfoque radical. Gabriel Salomon, advierte de esta tendencia al señalar que la idea de las cogniciones distribuidas es novedosa y estimulante, pero que tiene el riesgo de ser llevada muy lejos, olvidando el aporte que cada persona hace al procesamiento cognitivo. Según Salomon, en el enfoque de la cognición distribuida, el individuo ha sido omitido de las consideraciones teóricas, lo cual atribuye a una reacción frente al énfasis excesivo que las teorías psicológicas tradicionales pusieron en él. Este movimiento pendular en los enfoques teóricos de la psicología, se puede advertir también en algunas versiones del construccionismo social, donde todos los fenómenos humanos se intentan explicar desde el ámbito de las relaciones sociales, tendiendo a una suerte de determinismo situacional.[10] Salomon, después de advertir acerca de la imposibilidad de ignorar al individuo en la conceptualización distribuida de la cognición, concluye con una visión similar a la señalada por otros autores, al plantear que las cogniciones distribuidas y las cogniciones de los individuos deben considerarse en su interacción, en una relación de co-dependencia.


[1] Holland, James; Hutchins, Edwin y Kirsh, David. Distributed Cognition: Toward a new foundation for human-computer interaction research. Transactions on Computer-Human Interaction. Vol. 7, N° 2, June 2000. En http://adrenaline.ucsd.edu/kirsh/articles/dcog/dcog.pdf (30/05/07)

[2] Norman, Donald. Distributed Cognition. En Things That Make US Smart, Reading, MA:Addison-Wesley. 1993.

[3] Kirsh, David y Maglio, Paul. On distinguishing epistemic from pragmatic actions. Cognitive Science, 18. 1994.

[4] Varela, Francisco. Connaître: Les Sciences Cognitives, tendences et perspectives. Editions du Seuil, Paris. 1988. Edición en español, Conocer. Editorial Gedisa, Barcelona. 1996.

[5] Hutchins, Edwin. 1995. op. cit. p. XIV.

[6] Salomon, Gavriel. No hay distribución sin la cognición de los individuos: un enfoque interactivo dinámico. En Salomon, Gavriel (comp.). 1993. op. cit.

[7] Clark, Andy. 1997. op. cit.

[8] Maturana, Humberto. Transformación en la Convivencia. Dolmen Ediciones, Santiago. 1999. pp. 194-195.

[9] Maturana, Humberto. Seres Humanos Individuales y Fenómenos Sociales Humanos. En Elkaïm, Mony. 1994. op. cit. p. 123.

[10] Elkäim, Mony. Ecología de las ideas: Constructivismo, construccionismo social y narraciones, ¿en los límites de la sistémica?. Perspectivas Sistémicas. Artículos on line: http://www.redsistemica.com.ar/articulo42-1.htm (30/05/07).