
La legitimación social de la violencia y la deslegitimación social del amor.
El término violencia alude a la acción de violar, palabra que viene del latín violare, la que a su vez deriva del sustantivo latino vis, que significa vigor o fuerza. Desde temprano el término violare tuvo el sentido de hacer daño o causar estrago a través de la fuerza. El Diccionario de
Quisiera a partir de esta definición, invitarlos a reflexionar acerca de la violencia cotidiana de la cual todos somos testigos, para lo cual me parece necesario considerar qué es lo que se viola, cuáles son los acuerdos, promesas o supuestos que son quebrantados en nuestro vivir cotidiano.
Los homo sapiens, que es la especie animal a la cual pertenecemos, evolucionamos de una manera tal, que la interacción con otros organismos de nuestra especie se constituyó en una condición necesaria para nuestra sobrevivencia. A diferencia de otros animales, en nuestros primeros años de vida dependemos absolutamente de otros seres humanos para sobrevivir, coordinar nuestras acciones con las de otros seres humanos de manera tal de poder convivir con ellos, no es para nosotros una opción, sino que es una necesidad.
Así, un contrato social básico, implícito y necesario para cualquier ser humano consiste en “vivir y dejar vivir”, el con-vivir o vivir con otros es una necesidad biológica tan fundamental como respirar o alimentarnos, al menos, en una etapa de la vida en términos individuales y siempre necesaria desde la perspectiva de la especie. La violencia, cualquiera sea la forma que adopte, viola, traiciona, quebranta este supuesto, este contrato social básico. La convivencia social, el dejar vivir a otros seres humanos junto a nosotros, constituye un consenso fundamental en el que se basa nuestra existencia cotidiana, por lo que su violación genera diversos tipos de consecuencia en las personas que la experimentan.
Para el biólogo chileno Humberto Maturana, el desarrollo de la vida humana sólo es posible en la medida que nos aceptamos unos a otros como legítimos otros, en la medida que respetamos y validamos nuestras diferencias, nuestras particulares experiencias e historias de vida. Para esto, necesitamos que nuestro organismo se encuentre en un estado emocional que nos lleve a aceptar a los otros seres humanos como iguales, con el mismo derecho a existir que nosotros tenemos. Para Maturana, la emoción que nos permite aceptar al otro como legítimo otro en convivencia con nosotros es el amor. Desde esta perspectiva, el amor no se refiere exclusivamente al deseo de acariciar y regalonear a otro u otra, sino que alude a un estado dinámico del organismo que hace posible reconocer en otro ser humano a un ser que tiene derecho a existir, en condiciones similares a las nuestras.
La convivencia con otros seres humanos nos transforma, la interacción con el entorno modifica nuestro organismo, de manera permanente o transitoria, y con ello, la forma particular que tenemos de relacionarnos. Toda interacción, por trivial que parezca, nos va moldeando, nos va convirtiendo en un tipo u otro de persona. Cada uno de nosotros somos lo que somos como resultado de nuestra historia de interacciones, por haber nacido en una familia determinada, en un barrio determinado, por haber asistido a una escuela en particular, por haber tenido los profesores y compañeros que tuvimos, por haber pololeado con ciertas personas y no con otras, en fin, por haber tenido las experiencias que tuvimos. Esas experiencias, esas personas, esos lugares, nos enseñaron a vivir de una determinada manera, aprendimos a hablar de cierto modo, a pensar de una cierta manera, a reaccionar de ciertos modos característicos. Lo interesante, es que aprendimos una particular manera de vivir de la cual no somos del todo conscientes. Más aún, tendemos a ser ciegos al singular modo que tenemos de relacionarnos con los demás y con nuestro entorno. La forma de vida que hemos adoptado, la cultura en medio de la cual nos movemos, no la advertimos en nuestro vivir cotidiano, pues constituye para nosotros la forma natural que tenemos de vivir y de movernos por el mundo. No nos sorprende vestirnos como nos vestimos, hablar el idioma que hablamos, comer lo que comemos, seguir ciertas normas sociales para relacionarnos con los demás, en fin, para nosotros así es el mundo y así son las cosas.
Los seres humanos podemos aprender a vivir de muchas maneras posibles y aprendemos a vivir según como vivimos, nos relacionamos con los demás de acuerdo a cómo se han relacionado con nosotros, hacemos lo que hemos visto hacer a otros y lo que a nosotros nos han hecho, de una u otra forma. Eso es lo legítimo, eso es lo adecuado, así es como se vive y se sobrevive en este mundo. Si me golpean, aprendo que los golpes son una forma legítima de relacionarse, si me tratan a garabatos aprendo a tratar así a los demás e incluso me podría sorprender si escucho a personas que no los utilizan en su interacción. Podría aprender a cultivar relaciones que otros denominan violentas y que a mí me parecen de lo más adecuadas y correctas. Podría aprender a considerar legítimo y adecuado abusar de las demás personas, quitarles sus pertenencias, golpearlas si me molestan, explotarlas para mi beneficio personal o someterlas a duras jornadas de trabajo en condiciones que ponen en riesgo su salud física y mental.
Me parece que como sociedad hemos aprendido a legitimar socialmente diversas manifestaciones de violencia, al punto tal que ya hemos dejado de advertirlas como tales y las hemos pasado a considerar como la forma adecuada o normal de actuar y vivir. La corrupción, tan de moda los últimos días, es una violación a los ciudadanos que pagamos impuestos y que con nuestro trabajo ayudamos a financiar todo el aparato estatal. La enorme desigualdad en la distribución del ingreso es una práctica violenta, en la medida que unos pocos ganan mucho a costa de muchos que ganan muy poco, práctica que no sólo se considera legítima, porque es legal, sino que además nadie se hace responsable de ella, es el sistema, no las personas. La violencia en la que incurre el sistema educacional chileno al no brindar una educación de calidad a los alumnos, la violencia en la que incurren los profesores cuando consideran que su trabajo es dictar materias, la violencia que se da en las diversas prácticas de negligencia profesional, la violación de los derechos de los menores de compartir con sus padres, la violación del derecho de vivir en un ambiente no contaminado, la violación del derecho a descansar, la violación del derecho de los niños a ser niños, la violación del derecho a disentir sin ser calificado de conflictivo o revolucionario. E incluso, nuestro lema patrio legitima la violencia, “por la razón o la fuerza”.
Me parece al mismo tiempo, que nuestra cultura ha deslegitimado el amor, como la emoción en la que se funda nuestra convivencia habitual. Hemos hecho del amor, como señala Maturana, algo muy excepcional, algo muy sofisticado, extraño y raro, que casi no es accesible para el hombre o mujer común y corriente. Aceptar al otro como legítimo otro, respetarlo, darle el espacio para que exista y se mueva, preocuparnos de su bienestar, se han convertido en el discurso cotidiano en prácticas poco frecuentes que ya no cabe esperar. Este mundo es el mundo de los vivos que saben luchar, competir e imponerse a los demás, no el de los ingenuos y tontos que tratan de cooperar y ser amables.
Creo que es fundamental que nos atrevamos a mirar nuestro actuar cotidiano, a reflexionar sobre nuestras prácticas, sobre nuestro hacer diario. Es necesario dejar las certezas, las certidumbres, las anteojeras, los fanatismos de todo tipo. Me parece que tenemos que aprender a cultivar la valentía que nos permita arriesgarnos a amar, a establecer relaciones íntimas con los demás, arriesgarnos a sufrir eventualmente, a mostrarnos, a dejar que nos vean, que nos conozcan. Tenemos que empezar a entender el amor, el respeto, la aceptación de la diversidad, como algo trivial, cotidiano y necesario. Necesitamos de espacios y relaciones amorosas para sobrevivir y estos espacios y relaciones no caen del cielo ni brotan espontáneamente, es necesario cultivarlos. La legitimación social se basa en lo que cada uno de nosotros legitima a diario con su actuar, de cada uno depende lo que queremos o no seguir legitimando. Sería una buena práctica, comenzar cambiando nuestro lema nacional, de manera de sentirnos orgullosos y no avergonzados del mismo.