jueves, enero 31, 2008

Gregory Bateson y la Revolución Cognitiva (II Parte).


Clifford Geertz (1926-2006)


La aplicación que Bateson hace de la cibernética, en el ámbito de la epistemología, la ecología, la antropología y la comunicación, permiten también considerarlo como un pionero, e incluso como fundador, en la medida que sentó las bases, de lo que actualmente se distingue como cognición distribuida. Para Bateson, la mente no es una entidad trascendente, desde su perspectiva, los fenómenos mentales son holísticos, inmanentes no sólo a alguna de las partes sino al sistema en cuanto totalidad. De este modo, la metáfora computacional de la arquitectura serial restringe la mirada, al no considerar que “la computadora es siempre sólo un arco de un circuito más amplio, que siempre incluye un hombre y un ambiente, del que se recibe la información y sobre el que tienen efecto los mensajes eferentes que proceden de la computadora.”[1] Sólo del sistema total o conjunto, que incluye computadora y ser humano, puede decirse, que manifiesta características mentales.

“Consideremos un hombre que derriba un árbol con un hacha. Cada golpe del hacha es modificado o corregido, de acuerdo con la figura de la cara cortada del árbol que ha dejado el golpe anterior. Este proceso autocorrectivo (es decir, mental) es llevado a cabo por un sistema total, árbol-ojos-cerebro-músculos-hacha-golpe-árbol, y este sistema total es el que tiene características de mente inmanente.

Más correctamente: tendríamos que formular el asunto como: (diferencias en el árbol)-(diferencias en la retina)-(diferencias en el cerebro)-(diferencias en los músculos)-(diferencias en el movimiento del hacha) etcétera. Lo que se transmite alrededor del circuito son transformaciones de diferencias. Y, como se señaló anteriormente, una diferencia que hace una diferencia es una idea o unidad de información.”[2]

Las ideas multidisciplinarias de Bateson, como él mismo lo señala, emergen de la relación que tuvo con el trabajo de su padre, el genetista William Bateson, de su experiencia en el ámbito de la investigación de campo antropológico, de su participación en las Conferencias Macy, del campo de la psiquiatría en su paso por el Hospital de la Administración de Veteranos en Palo Alto y de su participación en el Mental Research Institute (MRI) de la misma localidad, de su investigación sobre cetáceos y comunicación animal en el Instituto Oceánico de Hawai y de su trabajo en el Instituto de Aprendizaje de la Cultura de la Universidad de Hawai, fundamentalmente. Un contexto distinto, mucho más ligado al ámbito de la antropología y de las ciencias sociales, fue en el que se desarrollaron las ideas del antropólogo estadounidense Clifford Geertz (1926-2006), quien desarrolló en el campo de la etnología un enfoque hermenéutico o interpretativo, que se constituyó en un antecedente importante para el resurgimiento del significado en la ciencia cognitiva, al concebir la conducta como acción simbólica.

“Una vez que la conducta humana es vista como acción simbólica –acción que, lo mismo que la fonación en el habla, el color en la pintura, las líneas en la escritura o el sonido en la música, significa algo- pierde sentido la cuestión de saber si la cultura es conducta estructurada, o una estructura de la mente, o hasta las dos cosas juntas mezcladas. En el caso de un guiño burlesco o de una fingida correría para apoderarse de ovejas, aquello por lo que hay que preguntar no es su condición ontológica. Eso es lo mismo que las rocas por un lado y los sueños por el otro: son cosas de este mundo. Aquello por lo que hay que preguntar es por su sentido y valor: si es mofa o desafío, ironía o cólera, esnobismo u orgullo, lo que se expresa a través de su aparición y por su intermedio.”[3]

Para Geertz, el estudio de los seres humanos debe considerar el contexto sociocultural en que éstos se han desarrollado, pues la evolución del homo sapiens sugiere que no existe una naturaleza humana independiente de la cultura. “Sin hombres no hay cultura por cierto, pero igualmente, y esto es más significativo, sin cultura no hay hombres.”[4] Desde esta perspectiva, Geertz cuestiona los enfoques tipológicos con que clásicamente se ha pretendido hacer un estudio científico de los seres humanos, pues al pretender estos dar cuenta de un ideal o de un modelo de hombre, se afanan en la búsqueda de un tipo de ser humano inmutable, normativo y estático, cuyo resultado se aproxima más a una entidad metafísica que al hombre real, cotidiano, embebido en una cultura particular, que debiera ser el principal objeto de estudio de las disciplinas preocupadas de los fenómenos humanos.

“Llegar a ser humano es llegar a ser un individuo y llegamos a ser individuos guiados por esquemas culturales, por sistemas de significación históricamente creados en virtud de los cuales formamos, ordenamos, sustentamos y dirigimos nuestras vidas. Y los esquemas culturales son no generales sino específicos, no se trata del ‘matrimonio’ sino que se trata de una serie particular de nociones acerca de lo que son los hombres y las mujeres, acerca de cómo deberían tratarse los esposos o acerca de con quién correspondería propiamente casarse; no se trata de la ‘religión’ sino que se trata de la creencia en la rueda del karma, de observar un mes de ayuno, de la práctica del sacrificio del ganado vacuno. (. . .) Así como la cultura nos formó para constituir una especie –y sin duda continúa formándonos- , así también la cultura nos da forma como individuos separados. Eso es lo que realmente tenemos en común, no un modo de ser subcultural inmutable ni un establecido consenso cultural.”[5]

La concepción que tiene Geertz respecto a los fenómenos humanos parece coincidir con la mirada cibernética planteada por Bateson, en cuanto a considerar como unidad de superviviencia al organismo-en-su-ambiente. En el mismo sentido, las ideas de estos autores son coherentes con las expuestas a principios del siglo XX por Dewey, Bartlett y Vygotsky, para quienes toda acción humana tiene como trasfondo un contexto sociocultural, que es necesario tener en cuenta para comprender el significado de dicha acción. La experiencia humana supone un actuar situado, localizado en un contexto, por lo cual su significado hay que buscarlo en la interacción del sujeto, agente de dicha experiencia, con el entorno sociocultural del que forma parte. En este sentido es que Jerome Bruner ha propuesto “la restauración del proceso de construir significados como la esencia de la psicología cultural, de una Revolución Cognitiva renovada.”[6] Una idea similar, aunque con un fundamento teórico más cercano a la neurobiología, se encuentra en los planteamientos de Varela, Thompson y Rosch, para quienes la ciencia cognitiva tradicional debe reorientarse hacia un enfoque hermenéutico, que asuma el carácter interpretativo de todo acto de conocer.

“La intuición básica de esta orientación no objetivista es la perspectiva de que el conocimiento es el resultado de una interpretación que emerge de nuestra capacidad de comprensión. Esta capacidad está arraigada en la estructura de nuestra corporización biológica, pero se vive y se experimenta dentro de un dominio de acción consensual e historia cultural. Ella nos permite dar sentido a nuestro mundo.”[7]

A partir de lo hasta aquí señalado, esta segunda revolución cognitiva supone, utilizando una distinción hecha por Heinz von Foerster, pasar de una ciencia cognitiva que adopta como modelo de estudio a las máquinas triviales, cuyo operar es predecible, a una ciencia cognitiva que concibe al organismo como una máquina no trivial, dotada de autonomía al momento de operar y, por tanto, impredecible. Este giro de la ciencia cognitiva se advierte en la aparición reciente de diversos enfoques, que enfatizan algunas dimensiones de esta revolución, como los enfoques de la cognición corporizada y distribuida.


[1] Bateson, Gregory. La cibernética del “sí-mismo” (self): una teoría del alcoholismo. Psychiatry. Vol. 34, N° 1. 1971. En Bateson, G. 1972. op. cit. p. 347.

[2] Ibíd.

[3] Geertz, Clifford. 1973. op. cit. pp. 24-25.

[4] Ibíd., p. 55.

[5] Ibíd.. p. 57.

[6] Bruner, Jerome (1990) op. cit. p. 73.

[7] Varela, Francisco et al. (1991) op. cit. p. 177.

5 comentarios:

Psicologo dijo...

Muy buenas

Me encanta tu blog y he leído cosas muy interesantes. Dado que la temática se parece al mío te invito a ver el mío en:

Psicología




Un abrazo



Jack T.R.

jcontreras dijo...

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que usted este bien.-
atte. JCP.-

Rodrigo dijo...

Josefina:

Por favor, déjame tu mail para poder contestarte.

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Anónimo dijo...

ironias de la vida
el año pasado me eche su ramo
y hoy recurro a su blog para buscar información
m.v.a

Alexis_Basquetbal dijo...

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